COMPARTIR LA MISMA ERA

COMPARTIR LA MISMA ERA

Todavía puedo ver esa imagen. El sol reflejándose sobre la cabeza brillante de Roberto “Bombardero” Brown. Unos metros más allá, Neftalí Díaz con esa forma elegante de moverse. Eran distintos hasta en la silueta. Bombardero Brown era potencia, choque, presencia. Neftalí era imaginación, instinto y una zurda capaz de resolver de primera intención. De los pocos goles que le vi marcar con la selección y de los muchos que le vi hacer con Euro Kickers, no le recuerdo un gol feo. Ni uno solo. A los dos daba gusto verlos jugar.

Y, sin embargo, cuando uno mira hacia atrás, descubre que el talento no siempre alcanza.

En el fútbol solemos medir a los jugadores por los goles, los títulos o los minutos que acumulan con la selección. Pero hay un factor que rara vez aparece en las estadísticas y que, muchas veces, termina definiendo una carrera: el momento en que un futbolista nace futbolísticamente.

Porque no basta con ser bueno. Tampoco basta con llegar preparado. A veces, el mayor rival no viste otra camiseta. A veces, el mayor rival es el tiempo.

Pienso en los delanteros centro de la selección de Panamá.

Thomas Christiansen ha construido buena parte de su proceso alrededor de José Fajardo y Cecilio Waterman. Durante años han sido sus hombres de confianza en un equipo que casi siempre juega con un solo “9”. Esa continuidad no es casual. Los entrenadores necesitan certezas y, cuando encuentran una fórmula que funciona, suelen sostenerla.

Mientras tanto, detrás de ellos aparece una generación que atraviesa la edad natural de la consolidación. Tomás Rodríguez, Eduardo Guerrero, Newton Williams y Azarías Londoño viven ese punto de la carrera en el que un delantero espera convertirse en una referencia de su selección. Sin embargo, el tiempo les ha hecho coincidir con uno de los ciclos más estables que ha tenido Panamá en esa posición.

El caso de Newton Williams merece un paréntesis. Una lesión de rodilla prácticamente lo sacó del radar durante buena parte del último año. Mientras otros seguían acumulando convocatorias, él libraba otra batalla: la de volver a jugar. Pero el fútbol también sabe recompensar la paciencia. Apenas este fin de semana regresó marcando un golazo con el Saprissa, una anotación que tuvo mucho más valor que el de un simple marcador. Fue el gol de alguien que vuelve a sentirse futbolista. Quizás, también, el anuncio de que todavía tiene mucho por decir en esta historia.

Y el reloj no se detiene.

Mientras esa generación busca abrirse paso, ya aparece Kadir Barría. Con apenas 18 años empieza a tocar la puerta de la selección con la naturalidad de quien todavía juega sin mirar el calendario. El relevo nunca espera.

Por eso vuelvo a pensar en Bombardero Brown y Neftalí Díaz.

A los dos los recuerdo juntos. Eran distintos en todo. Bombardero Brown imponía con la fuerza, con esa presencia física que comenzaba desde el brillo del sol sobre su cabeza. Neftalí jugaba desde el instinto y la imaginación; muchas veces resolvía de primera, como si la mejor decisión siempre le llegara antes que a los demás. Uno intimidaba; el otro sorprendía.

Y, sin embargo, compartieron algo mucho más importante que una delantera.

Compartieron el mismo tiempo.

Les tocó compartir el mismo tiempo con una generación extraordinaria de delanteros. Cuando parecía que ese espacio finalmente iba a quedar libre, el siguiente relevo ya tenía nombres propios: Julio y Jorge Dely Valdés primero; después, Blas Pérez y Luis Tejada. El fútbol rara vez espera.

No es una comparación de talentos. Tampoco un ejercicio de nostalgia. Es una constatación de que el calendario también juega.

Quizá eso no ocurra con los delanteros actuales. Ojalá todos encuentren su lugar y obliguen al entrenador a tomar decisiones difíciles. El fútbol siempre sale ganando cuando sobran buenas opciones.

Pero la historia enseña que no siempre hay espacio para todos.

Hay carreras que no pueden explicarse únicamente con estadísticas. También hay que mirar quién ocupaba ese puesto antes, cuánto duró ese ciclo y quién venía detrás esperando exactamente la misma oportunidad.

A veces, el destino de un delantero no depende únicamente de su talento.

Depende de compartir el mismo tiempo con alguien más.

Y esa quizá sea la injusticia más silenciosa del fútbol.

Porque el fútbol también se juega contra el tiempo.

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