17 Oct ¿Dónde estudia la inteligencia artificial?
Imaginemos a dos estudiantes universitarios en 1985, en plena Guerra Fría. Ambos reciben la misma asignación: preparar un trabajo sobre economía.
Uno estudia en la Universidad Patricio Lumumba, en Moscú. El otro, en Georgetown, Washington.
Los dos van a la biblioteca, consultan libros y preparan sus trabajos. Pero ¿tendrán a su disposición las mismas fuentes de información?
Probablemente no. El entorno político, académico y cultural puede influir en los materiales que encuentran y en las conclusiones a las que llegan.
No necesariamente porque alguno esté mintiendo, sino porque las fuentes también condicionan nuestra manera de entender el mundo.
Hoy tenemos inteligencia artificial, buscadores y redes sociales. La información circula a una velocidad inimaginable en 1985.
Pero la pregunta sigue siendo válida: ¿de dónde sale la información con la que construimos nuestras respuestas?
Los medios tradicionales siguen teniendo fuerza
Hay un discurso cada vez más frecuente que presenta a las redes sociales como vencedoras definitivas de una batalla contra los medios tradicionales.
El mundo ha cambiado. Eso no tiene discusión.
Las redes han crecido, las audiencias se han fragmentado y la publicidad se distribuye de manera diferente. Pero una cosa es reconocer esa transformación y otra declarar muertos a los periódicos, la radio y la televisión.
Tener más reproducciones no significa necesariamente tener más credibilidad. Y llegar a millones de personas tampoco equivale automáticamente a tener mayor influencia.
Una portada de periódico, por mucho que hayan decrecido sus ventas, sigue teniendo una fuerza brutal.
Un reportaje profundo de televisión puede provocar una discusión nacional, respuestas de las autoridades e investigaciones que trascienden la cantidad de personas que lo vieron.
La historia debería enseñarnos algo.
Cuando apareció la radio, hubo quienes pronosticaron el fin de los periódicos. Cuando llegó la televisión, muchos pensaron que la radio tenía los días contados. Ahora las redes sociales supuestamente acabarán con todos.
Sin embargo, los periódicos siguen existiendo, la radio sigue acompañándonos y la televisión conserva influencia.
Las nuevas tecnologías cambian las reglas del juego, pero no necesariamente eliminan a las anteriores.
El medio es el mensaje
Marshall McLuhan decía que «el medio es el mensaje».
No es lo mismo que alguien te llame corrupto o delincuente en una publicación de redes sociales a que esa acusación aparezca en la portada de un periódico o sea presentada en un reportaje profundo de televisión.
Las palabras pueden ser idénticas, pero su impacto público puede ser muy diferente.
No porque los medios tradicionales sean infalibles, sino porque una publicación periodística puede estar respaldada por una trayectoria institucional, procesos editoriales y responsabilidades que le confieren un peso particular.
El medio a través del cual recibimos la información también influye en cómo la interpretamos.
Y esa influencia no se mide solamente en clics.
¿Dónde está la confianza?
En Panamá hay una investigación que merece atención.
El profesor José Herrera, de la Universidad de Panamá, publicó en la revista académica Synergía el estudio Percepción ciudadana y confianza mediática en Panamá.
Los resultados son interesantes: la radio obtuvo el 36.7% de las preferencias como medio más confiable, la televisión el 26.6%, los periódicos el 24.6% y las redes sociales apenas el 12%.
En esa investigación, los medios tradicionales concentraron cerca del 88% de las preferencias.
No son cifras que debamos extrapolar automáticamente a toda la población panameña, pero sí aportan una perspectiva importante.
Una cosa es consumir información en las redes sociales y otra muy distinta es confiar en ellas.
La disputa por el pastel publicitario
Hay otro elemento que no podemos ignorar: el dinero.
Las plataformas digitales y los creadores de contenido compiten hoy por presupuestos publicitarios que durante décadas estuvieron concentrados en los medios tradicionales.
Y tienen todo el derecho a hacerlo.
Pero hay influencers que han emprendido una campaña de desprestigio contra los medios tradicionales. No les basta con exhibir sus millones de seguidores y reproducciones. Necesitan convencer a la opinión pública y a los anunciantes de que los periódicos ya no importan, que nadie ve televisión y que la radio perdió su influencia.
Se comportan como si ya hubieran ganado una batalla que todavía se está librando.
Y no olvidemos que detrás de esta disputa también está el dinero. Todos compiten por el mismo pastel publicitario, y desacreditar a los medios tradicionales es una manera de intentar quedarse con una porción mayor.
Pero una cosa es conquistar audiencias y otra muy distinta es construir credibilidad.
Los medios tradicionales tienen una parte de ese mercado que se han ganado durante décadas, y no van a desaparecer simplemente porque algunos influencers lo repitan hasta el cansancio.
Periodista es la profesión, digital es el apellido
Recuerdo algo que me dijo personalmente Roy Katz, destacado periodista israelí, con una reconocida trayectoria en Radio Tel Aviv, el periodismo digital y la docencia universitaria.
«Create your own digital persona».
Construye tu propia personalidad digital.
Y comparto plenamente esa recomendación. Los periodistas tenemos que construir nuestra propia presencia en las plataformas digitales.
Yo también estoy en ese mundo. Produzco contenido para las redes sociales, reconozco su enorme importancia y conozco su capacidad de llegar a las audiencias.
Pero hay una distinción fundamental: cuando hablamos de un periodista digital, lo primero es periodista. Digital es apenas el apellido.
Soy periodista cuando trabajo en televisión, cuando hago radio y también cuando ejerzo el periodismo en las redes sociales. La plataforma no cambia mi profesión.
Y cuando publico algo que no es periodismo, prefiero llamarme creador de contenido, no influencer.
Porque la influencia no es un título que uno mismo se otorga. La influencia la determinan los demás.
Incluso en las redes sociales, no es solamente cuántos te siguen, sino quiénes te siguen. Una audiencia más pequeña puede tener una enorme capacidad de incidencia, mientras una cuenta con millones de seguidores puede generar muchas reproducciones sin necesariamente provocar cambios.
Por eso no tengo que escoger entre los medios tradicionales y las plataformas digitales. Trabajo en ambos espacios y conozco el valor de cada uno.
No estoy defendiendo el pasado contra el futuro. Estoy cuestionando a quienes pretenden construir su futuro desacreditando el trabajo de los demás.
¿Y qué tiene que ver la inteligencia artificial?
Volvamos a los estudiantes de Moscú y Washington.
Sus trabajos podían estar condicionados por las fuentes disponibles en sus respectivas bibliotecas.
Hoy la inteligencia artificial se desarrolla a partir de enormes cantidades de información y, según el sistema, también puede consultar contenidos disponibles en internet.
Y aquí surge una preocupación.
Si en el espacio digital se repite constantemente que los medios tradicionales están acabados, que las redes son las únicas que importan y que los seguidores equivalen a influencia, ¿hasta qué punto esa narrativa puede condicionar las respuestas que recibimos?
La inteligencia artificial no decide qué es verdad contando publicaciones a favor y en contra. Su funcionamiento es mucho más complejo.
Pero la selección de fuentes, la calidad de la información y la repetición de determinadas afirmaciones pueden influir en sus respuestas.
Una idea repetida miles de veces no se convierte automáticamente en una verdad.
Y que un discurso domine las plataformas digitales no significa necesariamente que describa la realidad.
El periodismo no se mide solamente en clics
En una conversación del Festival Gabo, Luis Miguel González, de El Economista, expresó una idea que merece recordarse:
«Hay algo que controlas tú y es la calidad de tu trabajo. Hay algo que no vas a controlar nunca y es cuánta gente te leyó».
Hoy pareciera que todo debe medirse en seguidores, visualizaciones y reproducciones.
Son indicadores importantes, pero no los únicos.
Una investigación periodística puede alcanzar a una audiencia relativamente pequeña y provocar consecuencias enormes. Una publicación puede tener millones de reproducciones sin aportar prácticamente nada.
Por eso me resisto a aceptar que los medios tradicionales han perdido la batalla simplemente porque las redes sociales muestran cifras impresionantes de consumo.
La radio sigue teniendo fuerza. La televisión sigue teniendo fuerza. Los periódicos, incluso con sus dificultades, siguen teniendo fuerza.
Y el periodismo digital también puede tenerla, siempre que no abandone sus principios.
La verdadera discusión no debería ser quién tiene más seguidores, sino quién informa mejor, quién verifica, quién investiga y quién responde por lo que publica.
El futuro del periodismo no consiste en escoger entre una pantalla de televisión, una página impresa o un teléfono.
Consiste en defender el valor de la información confiable en cualquiera de esos espacios.
Y ahora que la inteligencia artificial se convierte en una puerta de entrada al conocimiento, conviene recuperar aquella pregunta que habríamos podido hacerles a nuestros dos estudiantes de 1985.
Antes de aceptar una respuesta, vale la pena preguntarse de dónde viene.
O, dicho de otra manera:
¿Dónde estudia la inteligencia artificial?
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